El capital social es uno de los conceptos que más confusión genera entre quienes están valorando crear una sociedad limitada. Circulan bastantes ideas poco precisas sobre cuánto dinero hace falta realmente, para qué sirve ese capital y qué se puede hacer con él una vez constituida la sociedad. Vamos a intentar aclarar los puntos principales.
Qué es el capital social y para qué sirve
El capital social es el conjunto de aportaciones, en dinero o en bienes, que realizan los socios al constituir la sociedad, y que queda reflejado en los estatutos como una cifra fija. No es una especie de fondo de reserva disponible para gastos corrientes de forma indiscriminada, sino que representa la garantía patrimonial mínima de la sociedad frente a terceros, dado que la responsabilidad de los socios está limitada precisamente a ese patrimonio societario.
Una vez constituida la sociedad, ese capital pasa a formar parte de su patrimonio y puede utilizarse con normalidad para la actividad del negocio (comprar material, pagar proveedores, invertir en equipos, etc.), siempre dentro de las reglas contables y fiscales que le corresponden.
Cuánto capital social se necesita realmente
La normativa mercantil establece una cifra mínima de capital social para constituir una sociedad limitada, aunque en los últimos años se han introducido fórmulas que permiten, bajo determinadas condiciones, constituir sociedades con un desembolso inicial menor, asumiendo determinadas obligaciones adicionales hasta alcanzar el mínimo legal. Dado que estas cifras y condiciones han cambiado en el pasado y pueden volver a cambiar, lo más prudente es confirmar el importe exacto vigente en el momento de constituir la sociedad, en lugar de guiarse por una cantidad que se recuerda de hace tiempo.
Lo relevante, más allá de la cifra mínima legal, es que el capital social debería guardar cierta relación con las necesidades reales del negocio: una empresa que va a necesitar comprar maquinaria, alquilar un local o financiar existencias probablemente necesite un capital (o una financiación complementaria) bastante superior al mínimo legal, con independencia de cuál sea ese mínimo en cada momento.
Mitos habituales sobre el capital social
- Mito: cuanto más capital social, mejor imagen da la empresa. No siempre es así; lo importante es que la estructura financiera de la sociedad sea coherente con su actividad, no simplemente aportar una cifra alta sin necesidad real.
- Mito: el capital social se puede retirar libremente cuando se necesite. El capital social no funciona como una cuenta corriente de la que disponer sin más; su reducción o distribución a los socios está sujeta a reglas y procedimientos específicos.
- Mito: aportar bienes en lugar de dinero es siempre más sencillo. Las aportaciones no dinerarias suelen requerir una valoración y ciertos trámites adicionales, por lo que no siempre son la opción más ágil.
- Mito: el capital social protege a los socios de cualquier reclamación. La responsabilidad limitada tiene matices y excepciones (por ejemplo, en casos de mala gestión o incumplimientos graves de los administradores), por lo que no es una protección absoluta e incondicional.
Ampliaciones y reducciones de capital social
El capital social no tiene por qué quedar fijado para siempre en la cifra inicial. A lo largo de la vida de la sociedad es posible ampliarlo, por ejemplo, para dar entrada a nuevos socios o inversores, o para reforzar la solvencia de la empresa, así como reducirlo en determinadas circunstancias. Ambas operaciones están sujetas a formalidades específicas, como acuerdos de la junta de socios y, en muchos casos, su elevación a escritura pública e inscripción en el Registro Mercantil, por lo que no son decisiones que se puedan improvisar de un día para otro.
Capital social versus financiación del proyecto
Conviene no confundir el capital social mínimo exigido por la ley con la financiación real que necesita el proyecto para arrancar. Es habitual que una empresa se constituya con el capital social que marca la norma, y que después obtenga financiación adicional a través de aportaciones de socios en concepto de préstamo, líneas de crédito, o rondas de inversión, sin que eso implique necesariamente ampliar el capital social formal en ese momento.
Separar bien estos dos conceptos ayuda a planificar mejor las necesidades reales de tesorería del negocio, en lugar de centrarse únicamente en cumplir el mínimo legal para poder constituir la sociedad.
El capital social es un requisito formal importante, pero no debería ser el único criterio a la hora de decidir cómo capitalizar tu empresa. Antes de constituir una sociedad, conviene analizar tanto el mínimo legal vigente como las necesidades reales de financiación del proyecto, para no encontrarte con una empresa infracapitalizada desde el primer día.